Pesto de restos y An Everlasting Meal de Tamar Adler

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Este libro me ha inspirado. Sé que hace muy poco dediqué un post a mis libros favoritos de cocina recientes, pero no puedo dejar de escribir sobre An Everlasting Meal de Tamar Adler (además, qué le voy a hacer, me gustan mucho los libros de cocina).

Desde mi adorada M.F.K. Fisher (en cuyo maravilloso libro de economía doméstica de guerra How to Cook a Wolfde 1942, se inspira Adler) que no leía una prosa tan evocativa sobre el acto de cocinar y comer. (De hecho, si bien ambas comparten el amor por las letras y la comida, Adler se presenta ante todo como cocinera, mientras que Fisher es comensal hasta la médula. No son actos separados, según las concepciones de ambas, por supuesto.) 

A caballo entre el libro de recetas y el ensayo personal, An Everlasting Meal (cuya traducción más ajustada sería Una comida eterna, aunque a mí me gustaría más llamarlo Una comida perenne) nos habla, de manera simple y poética, sobre el placer de cocinar. Su discurso es diferente del montón porque no nos quiere engañar ofreciendo recetas rápidas para gente con prisa (no existen, por ejemplo, las "tortillas de último momento", dado que toda tortilla sucede en el último momento: el instante en que el huevo llega a la sartén.). Adler defiende que la cocina no es difícil sino placentera y, en su capacidad de transformación, un acto enteramente humano. Todos deberíamos practicarla, no como obligación sino como necesidad e incluso ayuda para sobreponerse a otros tantos obstáculos de la vida contemporánea. 

Sus consejos son tan prácticos que destacan por su sencillez; sirva como ejemplo: "en lugar de pensar qué hacer para la cena, pon una olla grande en la hornalla, enciende el fuego, y recién cuando se esté poniendo bien caliente empieza a pensar en qué cosas meter dentro". Otro, que me encanta: "lo más importante que puedes aprender como cocinero: la única manera de lograr que algo que estés preparando salga rico, sea agua o algo más sustancioso, es asegurar que, por el camino, todas sus partes estén ricas." La honestidad es casi un toque de atención, una alusión indirecta a los miles de libros de cocina con recetas rebuscadas, barrocas e irrebatibles que más que animar a cocinar, espantan y amedrentan a sus consumidores, nos rebajan a ser espectadores eternos, en lugar de hacedores de nuestras propias fortunas culinarias. 

Algunas de sus propuestas van completamente en contra de la sabiduría al uso hoy en día, como por ejemplo cuando rechaza la costumbre de pasar las verduras de cocción corta por agua fría para preservar su color: "La naturaleza no es persistentemente brillante; también se desgasta y envejece." Otro consejo resultón, que practiqué esta semana: preparar todas las verduras de la semana el mismo día que haces la compra, cuando el recuerdo de los puestos coloridos del mercado todavía están frescos en tu mente. Una vez hervidas o asadas todas las verduras, tendrás la base para improvisar platos diversos y sencillos a lo largo de toda la semana: una bandeja de verduras de raíz asadas será el prólogo para una ensalada de verduras con almendras, alcaparras y olivas; una crema calentita para cenar, o una versión más vegetal de hummus para poner en un bocadillo de pan bueno. "Si no puedes hacerlo de inmediato", propone Adler, "pon todo salvo las verduras de hoja en un gran bol sobre la mesa de la cocina y no en la nevera. A plena vista, tus verduras te reprenderán a que las cocines, y además te resultará agradablemente frívolo pasarte unos momentos arreglando un retablo de coliflor, remolacha y calabaza."

Las recetas de Adler no están escritas para infradotados; si quieres que alguien te cuente cuántas veces tendrás que revolver con la cuchara antes de sacar la sopa del fuego no busques respuestas aquí. Ella escribe para un lector humano, no necesariamente experimentado en la cocina, en absoluto, pero sí lo suficientemente sensible para darse cuenta de cuánto vinagre hay en "una cucharadita sin medir". 

Adler propone cocinar con economía y gracia; su estilo de escribir concuerda perfectamente con esta premisa. Los títulos de los capítulos del libro–con claras alusiones, también aquí, a How to Cook a Wolf–dan una clara idea de la poética de la autora: "Cómo atraparte la cola", "Cómo conseguir el equilibrio", "Cómo ser tierno", "Cómo hacer la paz", "Cómo sentirse poderoso", "Cómo pintar sin pinceles" y un largo etc. 

Otras recetas del libro que ya preparé y me entusiasmaron: apio cocido con limón y servido con pan rallado tostado y hierbas; salsa verde (preparada con las hojas del mismo apio), excelente para acompañar carnes, huevos, y...todo; gratinado de brócoli y coliflor asados. Recetas que marqué para probar: un curry con las verduras que sobran al final de la semana; un pollo con verduras, aceitunas y limón (para los niños); una sopa con cebollas caramelizadas. Es más, ya entreveo un taller futuro de desayuno con guisantes sobre cómo aprovechar de cabo a rabo las verduras. 

Ojalá aparezca una traducción al castellano para que todos ustedes puedan disfrutar de este maravilloso libro (de hecho me ofrecería encantada a traducirlo). Mientras, les adelanto mi versión de algunos de mis pasajes favoritos: 

Sobre las ensaladas de verduras cocidas: "Toda verdura cocida, sea hervida o asada, se convierte en una ensalada maravillosa. No hace falta más que un puñado de frutos secos tostados, unas hierbas frescas picadas, unas cebollas marinadas en vinagre, y una buena vinagreta. En realidad esto es lo que la mayoría de la comida precisa. La combinación tal vez sea el único tónico de juventud fiable del universo."

Sobre el caldo de cocción: "El amoroso, aceitoso líquido que queda después de hervir una verdura es un concentrado perfecto de todo lo que entró en esa cocción. Debería tratarse como una poción que ha recogido las huellas de la buena mantequilla y aceite de oliva, los dientes de ajo, la ralladura de limón, las ramas de tomillo, los chorritos de vino, los crujidos de pimienta y las verduras que la crearon." 

Sobre la reutilización de ingredientes que sobran: "Cuando dejamos que nuestras colas cuelguen detrás perdemos lo que quedó de los pensamientos que dedicamos a comer bien hoy. Luego seguimos arrastrándonos, como las criaturas rectas y lineales que podemos ser, preguntándonos qué haremos para cenar mañana. Deberíamos divisar nuestras colas, y recogerlas, para que la próxima vez que tengamos hambre, y nuestras mentes se vuelvan sobre la cuestión de qué comer, la respuesta estará allí esperando."

Sobre el pan: "Si vas a elegir una comida no casera, elegir el pan representa una divisón del trabajo juiciosa. Los panaderos son personas devotas y singulares, con creencias firmes en las vidas secretas de la masa madre que les ocupa. Sus hornos están calientes, y distinguen cuándo el pan está casi listo, y luego listo."

Sobre el valor nutricional de la comida: "No me gusta pensar en la comida como hidratos de carbono y grasas porque nos da un retrato incompleto de cómo digerimos. La risa estomacal tiene que quemar calorías, y una buena conversación ayuda a acelerar lo que tiene que acelerarse."

Sobre la simplicidad: "Nuestras mejores comidas no han sido las más extranjeras ni caras ni elaboradas, sino bastante simple y bastante familiar. Y saber eso probablemente sea la mejor manera de cocinar, y ciertamente la mejor manera de vivir."

La receta que os ofrezco fue la primera del libro que preparé. La traducción de su título al castellano me parece, modestamente, bastante feliz (ella lo llama "garlicky leaf, stem, and core pesto", o pesto de hojas, tallos y corazones con ajo). La cantidad indicada es suficiente para improvisar montones de variaciones; nosotros lo tomamos de las siguientes maneras: en tostadas; como salsa para mojar hojas de alcachofa; como salsa para pasta, rebajado con un poco de agua de cocción de la pasta y hecho puré con un par de anchoas y un poco de parmesano; como puré para acompañar un plato de pescado; y también, confieso, con cuchara, directo de la nevera. 

 

Pesto de restos
adaptado de T. Adler, An Everlasting Meal
Ingredientes: 
4-5 tazas de hojas, tallos y corazones de coliflor, brócoli, acelgas, coles, cortados en trozos de unos 2 cm. 
3 dientes ajo
1/2 taza aceite de oliva extra virgen bueno
1/2 cucharita sal
agua

Juntar los ingredientes en una olla grande en la que apenas quepa todo y añadir agua hasta la mitad. Llevar a ebullición y reducir el fuego al mínimo. Cocer hasta que cualquier trozo que toques con una cuchara de madera se deshaga con facilidad. Mantener justo la cantidad de agua suficiente para asegurar que no se queme el fondo, añadiendo de a poco a medida que necesites. Cuando todo esté blando, hacer puré rápidamente con minipimer o en una procesadora, o simplemente machaca todo con el revés de la cuchara de madera hasta que te canses, dejando momentos de textura apetecible, irregular. 

Buenos Aires

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Hace unos días volví de pasar un par de semanas en mi ciudad de origen. Hacía dos años enteros que no la visitaba, y me dieron ganas de compartir con ustedes algunas impresiones de la movida porteña de la cocina sana. La sensación que me dio es que hay un incipiente movimiento (que, conociendo Buenos Aires, podría convertirse rápidamente en una moda) hacia un tipo de comida más sano, pero todavía está bastante escondido. Ojalá vaya creciendo cada vez más y en mi próxima visita encuentre verdura orgánica y comida fresca e integral por todas partes.

El otro día leí en una revista que Argentina es el segundo país productor del mundo de comida agro-ecológica, detrás de Australia (algún fact checker por ahí podría verificar este dato, por favor?). El problema es que no se vende en demasiados sitios (al menos en la ciudad de Buenos Aires, ni idea qué pasará en el campo), no está cómodamente al alcance de la gente. Hice un poquito de research antes de viajar y preparé en casa de mis familiares una gran colorida caja de verduras y frutas orgánicas de tallo verde, una empresa que cultiva verdura orgánica y te la lleva a casa recién cosechada. La calidad era realmente excelente y tenían algunos productos que en España no consigo fácilmente (como por ejemplo mis amados arándanos, que, según me han contado, recién ahora empiezan a estar al alcance de la gente en Argentina, porque antes se cultivaban pero sólo para exportar). Además de verdura y fruta cuentan con muchos otros productos; yo probé las aceitunas, el aceite de oliva y el arroz integral y eran también de primer nivel. La relación calidad-precio es muy correcta (en un país con una inflación de locos, cuyos precios están por las nubes, incluso pensando en euros). 

En cuanto a sitios para comprar verdura orgánica en la ciudad, visité dos pequeños mercados o "ferias sustentables": Punto Verde (Dorrego 1429, viernes y sábados de 10 a 19 hs.) y Mercado Bonpland (Bonpland 1660, martes, viernes y sábados de 10 a 22 hs.). El primero me desilusionó bastante; era realmente muy pequeño y de verdura y fruta sólo había un puesto con pocos productos. El mercadito también contaba con un par de puestos de conservas, uno de cerámica, uno de ropa y uno de cereales, Arcadia Integral, donde hice mi compra: un delicioso amasake muy artesanal. El amasake es una bebida de arroz dulce. Se puede tomar así sola (pero es espesa, casi como una natilla) o mezclar con otros dulces. En Barcelona antes tenía siempre amasake en casa para la crema de cereales de la mañana pero creo que se ha dejado de producir porque desde hace tiempo que no lo encuentro en ningún sitio. El Mercado Bonpland me gustó más que el de Dorrego; parecía más un mercado propiamente, y compré exclentes verduras en uno de sus puestos. Me gustó especialmente la cebolla de verdeo, una variedad que no exite en Barcelona y que queda bien en todos los platos. Este lugar se propone como espacio de "economía solidaria", que busca formas alternativas de hacer economía basada en el trabajo. Sé que hay un mercado másen el barrio de Chacarita, que no llegué a visitar pero que tiene muy buena pinta, llamado El Galpón (F. Lacroze 4171, miércoles y sábados de 10 a 19 hs.). La próxima vez que vaya a Buenos Aires iré a hacer mis compras allí.

Así como encontré pocas verduras orgánicas, la oferta de cereales integrales es enorme y variada. Claro, no en vano Argentina fue llamada "el granero del mundo". Un lugar interesante es Granomadre, no sólo por sus productos artesanales, integrales y ecológicos (deliciosas las galletas saladas de avena con chia), sino también por su filosofía de la producción y distribución de alimentos. Son los únicos que vi en Buenos Aires que no te dan bolsa de plástico, sino que tienes que llevar tu propia bolsa o pagar por una de papel. 

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En cuanto a sitios para comer, dado que comí fuera contadas veces, me limitaré a hablar de un par en el barrio de Palermo Hollywood (plagado de restaurantes, bares y cafés), ya que allí viven algunos de mis mejores amigos. Mi amiga Violeta me llevó a lo que ella llamó "el lugar más Cami del barrio", Meraviglia, en la esquina de Gorrita y Carranza. Fuimos a merendar y debo admitir que, después de 18 años de amistad, Viole me conoce bien. Comí una porción de tarta de zanahoria y nuez sin harinas, cuyo recuerdo gustativo me está haciendo salivar en este momento. Era perfecta; no excesivamente dulce, esponjosa pero contundente a la vez (Viole, si estás leyendo esto, ¿creés que por Federal Express llegará dignamente a Barcelona, como esos ravioles que una vez mandaste de San Francisco a Los Angeles?) Meraviglia me gustó tanto que volví dos veces más a comer, una vez comí un arroz yamaní (una variedad argentina de arroz integral que siempre me traigo cuando viajo) al wok con vegetales y tofu, y otra vez unas hamburguesitas caseras de mijo y quinoa. Mi tipo de sitio, definitivamente. Algunos se quejan de que la carta es limitada, pero eso a mí me asegura frescura de ingredientes. Además venden algunos productos, como huevos orgánicos e incluso dulce de leche de calidad.

Magendie

El otro sitio del barrio que me gustó se llama Magendie, está al lado de la casa de mi amigo Matías y es mi nuevo bar favorito para desayunar y merendar en Buenos Aires (durante años fue Bar 6, del otro lado de Palermo). Muchas veces me quejo de la falta de cafés agradables en Barcelona; no parece existir mucho aquí la situación de quedarse largo rato leyendo o trabajando en un café. Comidas de horas sí, pero siempre hay que estar comiendo; no hay apenas sitios que te permitan quedarte cómodamente tomando algo, concentrado en lo tuyo y/o observando la fauna local. Si bien extrañé mucho la comida de mi ciudad de adopción (sobre todo el pescado fresco), Buenos Aires–como París o Berlín, otras dos ciudades que amo por su cultura de cafés–en este sentido le da millones de vueltas a Barcelona (sí, inevitable destino del emigrado, estar constantemente comparando lugares, sopesando y juzgando). Ubicado en una esquina y decorado con el mejor de los gustos–grandes ventanas por donde entra la luz brillante, mucha madera, muebles desiguales, vajilla Déco de colección en los alféizares. También el té, de excelente calidad de Tealosophy, lo sirven en teteras antiguas. Para mí desayunar fuera en Barcelona siempre es un problema; no me gusta nada la bollería con la que la mayoría de los locales acostumbran empezar el día; los bocatas me gustan más pero me resultan demasiado contundentes y pesados para esa hora del día. En Magendie la porción de tostadas viene con dos tipos de pan, ambos caserísimos, uno multicereal y otro de masa madre, y mermelada casera de frutilla y manzana. (Y fue uno de los pocos sitios donde no me miraron raro cuando pedí aceite de oliva para las tostadas, mi costumbre más ibérica; en un café del barrio de mi madre, cuando trajeron el aceite preguntaron si era para el agua mineral !?!). No llegué a comer en Magendie, pero está en la lista para la próxima vez. 

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Por último está el ya clásico Oui Oui, favorito de mi padre. El sitio es bonito y comí un bocadillo de salmón ahumado y aguacate bastante decente, pero era desorbitantemente caro y estaba abarrotado de gente y por lo tanto tremendamente ruidoso, al revés de la tranquilidad que encontré en Magendie. Tuve mala suerte con el hummus, que es, como ya sabéis, una de mis comidas preferidas. El de Oui Oui no sabía a nada, y eso que con el hummus es difícil fallar. Pablo, mi cuñado, nunca había probado el hummus ("no hay hummus en Pompeya," explicó; Pompeya es su barrio.) y me dio mucha pena que su primer hummus fuera tan soso. (Pablito te prometo hummus casero pronto!). 

Con este afán por comparar, y después de tanto tiempo sin visitar Buenos Aires, me llamó la atención el amor por las harinas en la cocina argentina (no creo que sea algo nuevo, sólo que nunca antes lo había notado con tanto énfasis): pizzas, empanadas y pastas son platos estrella. Entonces quería ofrecer aquí una receta de masa integral, que sirve tanto para tartas saladas como para una base de pizza crocante y finita. Es una receta de la que hablé hace tiempo, pero me parece oportuno repetirla. En casa de mi padre ya la hacen para darme el gusto, y en el avión de regreso (o mejor dicho, mientras sufría el retraso de Aerolíneas Argentinas en el aeropuerto), me deleité con una tarta de zapallitos (verdura que no tenemos en estos pagos) con masa integral casera. 

Masa integral para tartas saladas o pizza
Ingredientes:

250 gramos harina integral de trigo
1 cucharadita sal marina fina
1 cucharadita hierbas aromáticas secas
1/4 taza aceite de oliva
1/2 taza agua fría
Aceitar un molde de horno. En un bol mediano, mezclar la harina, sal y hierbas. Añadir el aceite y mezclar con tenedor. Añadir el agua y mezclar hasta que se absorba. Amasar un poco en el bol hasta que la masa quede hecha una bola.
Poner la masa sobre una superficie levemente enharinada. Utilizar un rodillo (con un poco de harina también) para amasar hasta que quede un círculo, girando y añadiendo harina según necesidad. Intentar no trabajar la masa en exceso. Una vez que haya alcanzado el espesor deseado, transferir con cuidado al molde y recortar los bordes para que quede bonito. Dejar reposar en la nevera durante media hora. 
La masa se puede precocinar sola (pinchándola con un tenedor) o directamente con los ingredientes de la quiche o pizza encima. En total tardará unos 20 minutos.

 

Taller de cocina con algas

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El 2012 empezó para mí con algunas dificultades en lo personal, y estoy haciendo todo lo que puedo por comer energéticamente para mantenerme fuerte para encarar los obstáculos.

Y a pesar de la adversidad, sigo teniendo muchas ganas de ayudar a la gente a sentirse mejor, cocinando más y comiendo un poco mejor. 

En el último tiempo he recibido varias peticiones de un taller de cocina con algas; muchos de vosotros ya sabéis que las algas o verduras del mar tienen enormes propiedades beneficiosas para el cuerpo, pero no sabéis cómo prepararlas. 

El primer taller que os propongo para este año, el sábado 4 de febrero por la mañana, versará entonces sobre las algas. Haré una introducción a cada una de ellas, explicando sus propiedades particulares y la forma de cocción de cada una, y luego prepararemos juntos una deliciosa comida con platos que incluyen diferentes variedades de algas.

Veréis que cocinar con verduras del mar es fácil y delicioso. 

Adjunto la información y por favor reenviadla a quien pudiera interesarle. Como siempre, si tenéis cualquier duda o queréis inscribiros: camila@desayunoconguisantes.com

Un saludo y espero veros pronto!

 

Aún otra tarta de manzana

La primera receta de postre del año no podía ser sino un postre de manzana. Después de todo, seguimos en invierno y las manzanas cocidas son la fruta que mejor va al cuerpo ahora.

Si queréis hacerla un poco más decadente, la podéis servir con helado de vainilla o yogur griego.

El otro día unas aplicadas alumnas de cocina me regalaron una bolsa con manzanas de su casa de campo. No las saqué de la bolsa para que la familia no las devorara y las guardé para el fin de semana. Hacía unos días justo había visto esta receta en el blog de cléa y decidí adaptarla y compararla con esta otra de un post mío anterior; ambas tienen el crumble por encima.

El resultado fue bien diferente; a mí personalmente me gustó más la primera, más sutil y mojadita, pero la familia optó por la receta nueva, más consistente, con un crumble más sequito, harinoso y dulce. Tuvo tanto éxito que por petición familiar la tuve que repetir un par de días después, y luego otra vez para el cumpleaños de B.

Tarta de manzana con crumble 
Ingredientes:
Para la masa:
160 gramos harina
20 gramos almendra en polvo
20 gramos azúcar de caña
4 cucharadas aceite de oliva
Para el relleno:
6 manzanas grandes
1 cucharadita canela molida
1 cucharadita ralladura de limón
unas cucharadas zumo de manzana  
Para la cobertura:
2 cucharaditas canela molida
100 gramos harina
30 gramos almendra en polvo
50 gramos azúcar de caña
2 cucharadas crema de almendras 

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Preparar la masa mezclando, en orden, todos los ingredientes. Añadir 1 o 2 cucharadas de agua si hiciera falta, para poder rellenar un molde de tarta de 20 cm de diámetro. Repartirlo en el molde de forma regular. Hornear a 180ºC durante 5 a 8 minutos. Mientras, pelar las manzanas y cortarlas en trozos largos y finos. Rellenar el fondo de la tarta, espolvorear con 1 cucharadita canela y volver al horno durante 10 minutos. Mientras, preparar el crumble. Mezclar la harina, polvo de almendra, azúcar y canela restante. Añadir la ralladura de naranja. Con los dedos, hacer como una arenilla con la crema de almendra.  Añadir zumo de manzana hasta que la mezcla sea maleable sin estar demasiado húmeda. Poner el crumble sobre la tarta y hornear 30-35 minutos más, hasta que esté bien dorada. Servir a temperatura ambiente (o fría al día siguiente, con un poco de yogur natural por encima).