Hasta pronto, Barcelona

Los últimos días en Barcelona costaron. Demasiadas despedidas. Cierta inclinación nostálgica me hacía pensar, repetidamente, "tal vez ésta sea la última vez que pase delante de este edificio, que me compre el pan aquí, que me tome un té acá, que pasee en mi bici por estas calles." Demasiadas últimas veces.

El último día de colegio de B y O fue especialmente duro; los amigos y compañeros y profesores les prepararon despedidas inesperadamente emotivas. La queridísima maestra de B lloraba a moco tendido, y llegué a preguntarle a I esa tarde por qué estábamos haciendo esto. Por suerte me explicó (él sabe cómo tratarme cuando me pongo así).

En lo culinario, la despedida fue a lo grande. Aprovechamos una escapada -literalmente, huímos de nuestra casa repleta de maletas y cajas- navideña a Girona (cómo me gusta esa ciudad) para equiparnos de buenos ingredientes y agasajar a la familia antes de partir. Sobre todo, pescado y marisco, lo que más extrañaré. Para Nochebuena preparé unas zamburiñas gratinadas con un relleno de verduras picadas con frutos secos, una versión parecida a esta receta, que en casa denota celebración. Al día siguiente hubo una novedad para nuestra mesa: preparé un suquet de lluerna tal como me lo explicaron entre Maricarmen (mi pescadera del mercado de Fort Pienc) y una cliente que coincidió conmigo en la pescadería. Me traje la receta a California como un tesoro, para sacar a relucir cuando comience a dar talleres de cocina aquí, una vez más instalados. Será una auténtica receta catalana.

También hubo comidas de restaurant; hay un acuerdo tácito en que yo cocino y mi suegra -que vino de Madrid a pasar la última semana con nosotros- siempre nos agasaja invitándonos a comer fuera.

Comimos como reyes y reinas en Sa Torre de Palau-Sator; nos habían llegado recomendaciones sobre sus arroces. Ya de regreso en Barna visitamos algunos sitios favoritos nuestros como NoNono, el bistrot ecológico y biodinámico del mediático Isma Prados (uno de los pocos sitios donde celebro que coman carne los niños, aunque los gigantescos huesos de costilla que B y O decidieron llevarse como souvenir me horrirzaron un poco) o el clásico Agua del grupo Tragaluz, un acierto siempre (alcachofas laminadas, patatas Bhután para I., arroz salvaje con verduras, colita de rape, y mi hijo de 9 años se decidió sin titubear por el salmón salvaje). Qué lujo poder comer en una terraza al sol a finales de diciembre. Pocos sitios en el mundo lo permiten (California tal vez sea de los pocos en que podamos repetir esa parte de la experiencia).

El último día M nos despidió con aún otra comilona "cerrando el círculo", como me dijo, ya que fue el mismo plato que me preparo cuando lo visité en Tarragona allá lejos y hace tiempo en 1998- el viaje en el que conocí a I. y cambió mi destino: trucha asalmonada rellena de cebollita caramelizada. Gracias M., fue la despedida que más me costó, mi único familiar en España.

Subí al avión con una buena cuota de pescado en la panza pero sabiendo que pronto pediré que algún ser cercano me envíe -o traiga- unas latas de buenas anchoas, sardinas y atún.

Dejamos nuestra casa de los últimos 14 años muy de madrugada. La imagen que conservo es el azul graduado del alba con una uñita de luna y la silueta del monumento de la fuente de la Ciutadella aún en penumbras. Habremos pasado infinitas veces por la
misma esquina pero ese instante lo retuve, lo vi más bonito que nunca. Eso es, al fin y al cabo, lo que te da -lo que buscamos- con la mudanza: perspectiva, una mirada extrañada que te permite ver mejor las cosas.

A ver qué tal nos recibe Berkeley.

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PD Este hasta luego es una despedida física pero no virtual. Prometo mantenerme bien cerca. ¡Pronto anunciaré novedades!