Desayuno con guisantes nace de mi voluntad de compartir mi amor por la comida sana. Después de varios años de informarme, formarme, y cocinar para mi familia, llegó el momento de intentar dar un poco a los demás.

Comer mejor nos hace estar mejor; es una de mis más firmes convicciones. Y comer sano no significa renunciar ni un poquito al sabor ni al disfrute de la comida. Comer bien es disfrutar de lo que como antes, durante y después de consumirlo.


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Mi interés en comer sano comenzó hace mucho. A los 17 años dejé de comer carne (roja y aves; sigo comiendo pescado aunque tengo cada vez más dudas acerca de cuán sostenible es). Una compañera de clase era la hija del dueño de una de las carnicerías más importantes de Argentina, y un buen día su padre nos invitó a toda la clase a visitar el matadero. Recuerdo con vividez el espectáculo: les pegaban un mazazo a las vacas en la nuca hasta que quedaban catatónicas, luego les abrían un tajo de arriba abajo y las colgaban de un gancho para que se desangraran. Tengo presente, después de más de 20 años, el momento en que tenía que pasar por al lado de todas las vacas colgando. A continuación nos sirvieron un asado bien casero. Lo  irónico es que, de los 100 que éramos, creo que solo yo me impresioné así. Los demás seguramente todavía le compran la carne al señor Coto. Algunos incluso pidieron el placer de matar a una vaca ellos mismos (y se les concedió). 

Con el tiempo, este interés devino en una especie de obsesión, sobre todo cuando me quedé embarazada de Bruno en 2004. En ese momento supe que quería hacer todo lo que estuviera en mis manos para asegurar que mis hijos tuvieran la mejor alimentación posible. Pasé los primeros meses del embarazo leyendo como loca, todo lo que podía encontrar sobre el tema. Y después me sentía tan orgullosa de cocinarle comidas de bebé sanas y alternativas mientras miraba con desdeño a otras madres, al dar a sus niños cosas que a mí me parecían completamente equivocadas.

Esta actitud de petulancia en la vida no tardaría en darme una lección: cuando Bruno tenía 21 meses se le diagnosticó síndrome nefrótico, un problema auto-inmune que le afectaba los riñones, sin causas conocidas. Una analítica durante su ingreso en el hospital reveló una deficiencia de hierro (sin relación con la enfermedad), a pesar de todas las lentejas y otras comidas ricas en hierro que yo le había estado preparando. El médico lo dijo con vehemencia: carne roja tres veces por semana. Estábamos tan devastados de preocupación por su salud que ya no me sentí con la autoridad ni el conocimiento suficiente para decidir no darle carne. 

La primera vez que fui a comprar la carne fue traumática. Mi marido me prometió que él la cocinaría, pero como la cocina de casa se había vuelto un dominio exclusivamente mío, no hubo manera, y con el tiempo se convirtió en costumbre. Olivia come carne desde que es un bebé. Lo que sí me fijo es de darle carne orgánica, y en cantidades pequeñas. Y me lo tomo con ecuanimidad. También les encanta comer seitán, tofu, algas, semillas, legumbres, verduras y frutas!

El afán por aprender más me hizo pasar por varios maestros, desde la escuela de Montse Bradford en Barcelona hasta el maravilloso Natural Gourmet Institute en Nueva York.

A medida que fue creciendo el proyecto de Desayuno con guisantes, mi amor por la cocina sana se fue potenciando. Cocino en casa y aprendí a comer de otra manera. Soy miembro de Slow Food y colaboro con varias empresas del mundo de la alimentación.

Todavía hoy siento que estoy en un momento de búsqueda, intentando despegarme de mis maestros y encontrar un camino propio. Lo que más me interesa en este momento es enseñarle a la gente a relacionar lo que comemos con cómo nos sentimos, y que esto se puede hacer sin dejar de lado el placer!